El multiculturalismo: una realidad cada vez más presente, por Pau Sanchis

[themecolor]Reflexiones sobre El multiculturalismo y “la política del reconocimiento” de Charles Taylor[/themecolor]

Pau Sanchis Matoses, profesor del Grado en Filosofía

UCV “San Vicente Mártir”

charles taylor

Charles Taylor, autor de El multiculturalismo y “la política del reconocimiento”

La multiculturalidad es una realidad cada vez más presente en un mundo en constante cambio; lo cual se muestra en la multiplicación de Estados desde el final de la II Guerra Mundial hasta nuestros días. Por ello, cada vez es más importante cuestionarse la noción de multiculturalidad, así como las relaciones entre las diferentes culturas que, como en el caso de Canadá, comparten un mismo territorio. Asimismo cabe preguntarse qué rol deben desempeñar las instituciones públicas para reconocer y respetar la identidad cultural específica de los ciudadanos.

Taylor y el multiculturalismo en las sociedades democráticas

La obra de Charles Taylor aborda de manera incisiva al problema del multiculturalismo, tal  como se manifiesta hoy en las sociedades democráticas,   y en particular el conflicto sociocultural que acontece entre las zonas francófonas y las anglófonas de Canadá. Además, dicha cuestión se torna recurrente en las democracias liberales ya que se entiende que éstas tratan a todos los ciudadanos por igual. Sin embargo, en un contexto en el que confluyen distintas identidades culturales, ¿los ciudadanos pueden ser representados como iguales, si las instituciones públicas no reconocen esta identidad particular?

Identidad y reconocimiento

El autor parte de la premisa según la cual la identidad, tanto grupal como individual, se forman gracias al reconocimiento que reciben. De esta forma, el falso reconocimiento o la ausencia del mismo, pueden llegar a ser seriamente perjudiciales para con el individuo o grupo. Tanto es así que el filósofo canadiense nos señala que “el reconocimiento debido no sólo es una cortesía que debemos a los demás: es una necesidad humana vital”[1]

Ahora bien, para llegar a esta concepción del reconocimiento, Taylor va a hacer un análisis de las transformaciones histórico-culturales que han influenciado en la construcción del sujeto moderno. De esta manera, realiza una génesis histórica de los siguientes conceptos: dignidad, autenticidad, originalidad y el carácter dialógico de la vida.

El concepto de dignidad en su raíz moderna se opone al concepto de honor que era característico del antiguo régimen. Este último está caracterizado por el sistema de privilegios y jerarquías sociales que mantienen una desigualdad entre los individuos en función del estamento social al que pertenece en el momento de su nacimiento; una sociedad ampliamente jerarquizada y basada en estamentos impermeabilizados.

Sin embargo esta concepción cambia con la irrupción del Estado moderno que busca reconocer la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Se articula así el reconocimiento universal de la dignidad humana para todos los individuos. Ahora bien, de la misma forma que surge este principio universalizador, también aparece la concepción de una identidad individual que cada sujeto descubre en sí mismo y que lo distingue de los demás. A su vez, esta nueva concepción de individualidad se relaciona con el ideal de autenticidad, entendido como el sentido intuitivo que lleva a uno mismo a discernir entre lo que es bueno y lo que es malo; como el ideal a alcanzar para ser plenamente humanos o, siguiendo a Rousseau: le sentiment de l’existence[2].

Pues bien, este ideal ilustrado de autenticidad se relaciona con la concepción de la tradición romántica alemana comandada por Herder según la cual cada individuo es distintivo y original, esto es, tiene su propia medida. De ahí que para ser auténtico, haya que ser fiel a una originalidad que sólo uno mismo puede llegar a descubrir. Como nos señala el autor: “Ser fiel a mi mismo significa ser fiel a mi propia originalidad que es algo que yo solo puedo enunciar y descubrir”[3]

Pero esta concepción no se va a aplicar únicamente al aspecto individual, sino que Herder –mediante la relación entre naturaleza y cultura, entre la lengua y lo que se expresa en las costumbres-, lo aplicará a los pueblos, en tanto que constitución de individuos. Así pues, de la misma manera que los individuos deben ser fieles a sí mismos, también los pueblos (Völker) tienen que ser fieles a sus culturas. Cada nación, explica Herder, es la voz de una armonía universal que todo comprende, ya que cada pueblo tiene su propia lengua  y su propio territorio que es diferente y original.[4]

El carácter dialógico de la vida

Esta argumentación le sirve al autor para introducir el concepto del carácter dialógico de la vida. La identidad, afirma, se construye a partir del diálogo con los otros, con las otras culturas o con los otros individuos; ésta es el resultado de dicho diálogo establecido con los demás y con uno mismo. De ahí que si el diálogo es defectuoso –falta de reconocimiento o falso reconocimiento- puede llegar a producir daño en el individuo o en el grupo. Como sentencia: “Mi propia identidad depende, en definitiva, de mis relacione dialógicas con los demás”[5]

Con todo, Taylor define dos reacciones políticas en un contexto con diferentes identidades culturales. Por un lado, la política de la igual dignidad basada en la idea de que todos los seres humanos deben ser tratados por igual, de manera que cabe realizar una abstracción de las posibles diferencias que haya entre ciudadanos y reconocer así un corpus universal de derechos; y, por el otro, la de la política de la diferencia, por la que cada individuo o grupo debe ser reconocido en su identidad particular y autenticidad. Ambos son de aspiración universalista; sin embargo, son divergentes –incluso conflictivos entre ellos- en su puesta en práctica. De ahí que los partidarios de la política de igual identidad acusen a los de la diferencia de violar el principio de no discriminación, mientras que éstos acusan a los primeros de negar diferentes identidades al constreñir a las personas en un molde homogéneo que, en última instancia, es el reflejo de la visión de una cultura hegemónica.

Canadá como caso a analizar

Para centrar más la discusión, el filósofo canadiense relata el caso, como se ha anunciado antes, de Canadá y más concretamente de Québec. Se aplica, en dicho contexto, una política multicultural según la cual la cultura minoritaria francesa debe poder asegurar su supervivencia frente a la cultura inglesa que predomina en la mayor parte del país. A resultas de lo cual la Carta Canadiense de Derechos (1982) reconoce el doble origen cultural del país, así como la oficialidad de las dos lenguas (francés e inglés); pero también la controvertida ley provincial 101 que regula que ni francófonos ni inmigrantes puedan enviar a sus hijos a una escuela inglesa. Esto es conocido como políticas de discriminación positiva (Positive Actions) que buscan privilegiar culturas que históricamente han sido desfavorecidas para salvaguardarlas; dentro de éstas estarían las de medida temporal y las de medida permanente.

Libertades fundamentales y privilegios

No obstante, este tipo de políticas con fines sustantivos para la sociedad como el derecho a la supervivencia de la comunidad cultural ¿no atentan contra los principios de una sociedad liberal, dado que ésta posee como base que cada individuo pueda orientar su vida hacia sus creencias e ideales?. Como señala Taylor, es compatible que, en determinadas ocasiones, haya metas colectivas impuestas por el Estado, aunque éstas ejerzan restricciones sobre algunos individuos. Para ello, establece una distinción entre las libertades fundamentales y los privilegios e inmunidades. Si las primeras, como la vida, la libertad o la práctica religiosa, nunca tienen que ser infringidas; las segundas, por el contrario, pueden ser revocadas en virtud de política pública. Por consiguiente, una sociedad dotada con unas metas colectivas puede ser liberal bajo dos condiciones: a)ser capaz de respetar la diversidad cultural, especialmente a los grupos que no comparten determinados destinos colectivos; b) respetar y salvaguardar al mismo tiempo los derechos fundamentales de todos.

Haciendo suya esta argumentación, Taylor introduce la necesidad de reconocer el igual valor de las diferentes culturas, esto es, “que no sólo las dejemos sobrevivir sino que reconozcamos su valor”[6]; puesto que en el contexto global, un gran número de culturas han sido consideradas inferiores y sometidas por otras culturas que se veían a sí mismas como hegemónicas. Para ello, hay que presuponer mediante hipótesis un valor a todas aquellas culturas que han teorizado sobre el ser humano[7]. En adelante, el filósofo canadiense aboga por tender hacia una “fusión de horizontes” gadameriana que posibilite un acercamiento por el que situarnos ante la cultura estudiada; esto es, “un desarrollo de nuevos vocabularios de comparación, por cuyo medio es posible expresar estos contrastes”[8]. De lo que se trata, pues, es de comprender el horizonte del otro, agrandando así el nuestro propio, para reconocerlo como diferente, pero con valor en sí mismo.

Del reconocimiento del individuo al reconocimiento de la cultura minoritaria

A modo de conclusión, Taylor hace un análisis de la constitución de la identidad del individuo moderno, para pasar a la constitución de las culturas, mostrándonos con ello que la supervivencia de una cultura minoritaria pasa por su necesario reconocimiento. Ahora bien, dicho reconocimiento debe tener presente el imperioso respeto a los derechos fundamentales, así como la diversidad cultural existente, a la que únicamente reconoceremos desplazando nuestros horizontes hasta la fusión resultante. La pregunta que queda en el aire es: ¿estaríamos realmente preparados para admitir ese horizonte último en el cual podría evidenciarse el valor relativo de las diversas culturas?


[1] Taylor, C. El multiculturalismo y “la política del reconocimiento”, Fondo de cultura económica, 2009, p.42

[2] Cfr. Rousseau, J-J. Les rêveries du promeneur solitaire, “Cinquième Promenade”, en Oeuvres complêtre (Paris: Gallimard, 1959)

[3]El multiculturalismo y “la política del reconocimiento”, ed. cit., p. 61

[4] Se encuentra en la concepción de Herder una metáfora organicista y vegetal según la cual hay una transubstanciación de la naturaleza a la cultura.

[5] Ibíd, p. 65

[6] El multiculturalismo y “la política del reconocimiento”, ed. cit.,  p.104

[7] Taylor habla de aquellas culturas que hayan articulado su sentido del bien, de lo sagrado y de lo admirable.

[8] Ibíd, p.108

 

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Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la UCV "San Vicente Mártir". Autor, entre otras obras, de "Los Nuevos Redentores" (Anthropos, 1987), "Tecnología y futuro humano" (Anthropos, 1990) y "La violencia y sus claves" (Ariel Quintaesencia, 2013).

jsanmartin

Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la UCV "San Vicente Mártir". Autor, entre otras obras, de "Los Nuevos Redentores" (Anthropos, 1987), "Tecnología y futuro humano" (Anthropos, 1990) y "La violencia y sus claves" (Ariel Quintaesencia, 2013).

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