Violencia en las primeras décadas del siglo XXI, por José Sanmartín Esplugues

[themecolor]Violencia: tendencias y factores de riesgo [/themecolor]

[themecolor]§1. Introducción[/themecolor]

He dedicado casi treinta años al estudio de la violencia. He tratado de abordarla sin prejuicios. Lamentablemente, en algunos países, la investigación sobre violencia sigue debatiéndose entre los polos sesgados del ambientalismo y el biologismo. Algunos hemos tratado de mantenernos firmes en nuestra hipótesis, corroborada una y otra vez, de que buena parte de las características comportamentales más llamativas del ser humano son el resultado de la interacción indisoluble entre biología y ambiente.

He tratado de explicar, en numerosas ocasiones, que la violencia es una de esas características.

[themecolor]§2. Sobre la agresividad[/themecolor]

He defendido desde siempre que, en el meollo de la violencia, se encuentra la agresividad. Violencia y agresividad no son, pues, lo mismo.

La agresividad es una conducta instintiva: es el resultado de un mecanismo innato que se dispara ante determinados estímulos y se repliega o cesa ante otros, y se traduce en un ataque o en una defensa ante un ataque (supuesto o real, tanto da). Como mecanismo innato, la agresividad forma parte de la tabula non rasa en que consiste nuestra biología. Por eso diré y con razón que el agresivo nace (Lorenz, 1963; Eibl-Eibesfedlt, 1993; Sanmartín, 2002).

La agresividad se da entre especies distintas o dentro de la misma especie. La primera suele estar relacionada con la alimentación: es la agresividad que despliega, por ejemplo, un predador que se alimenta de animales de otra especie. Es el segundo tipo de agresividad, la agresividad dentro de un grupo o intra-específica,  el que nos inquieta, pues, que un animal mate a otro de una especie distinta para alimentarse de él, es algo que entra dentro de lo normal. En cambio, que un animal se comporte agresivamente con otro de su propio grupo puede, en principio, parecer algo negativo. Por eso mismo, los estudios sobre la agresividad se han centrado, como también haré yo aquí, en la agresividad intraespecífica.

Lo primero que hay que decir sobre la agresividad intraespecífica (a la que denominaré en lo sucesivo “agresividad”) es que la naturaleza no ha seleccionado este rasgo aisladamente, sino en conjunto con una serie de elementos que lo regulan o inhiben en el interior de los grupos. En los grupos de animales no humanos parece haber siempre un fino equilibrio natural entre el despliegue de la agresividad y su inhibición. Los inhibidores actúan en el lobos-enfadadosmomento oportuno impidiendo que el ataque a la integridad física del compañero pueda traducirse en su muerte. En este sentido, en la naturaleza parece haber un mandamiento biológico ampliamente observado: “No matarás” (a tu compañero) (Eibl-Eibesfeldt, 1987). De este modo, la agresividad posibilita que el individuo incremente su eficacia biológica sin que el grupo corra riesgos ya que, si el grupo perdiera miembros a causa de luchas intestinas, podría descender por debajo del número que asegura su viabilidad.

¿Hay también inhibidores de la agresividad en los seres humanos? Desde luego, sabemos que los hay. Desde Darwin (1872) se aceptan como tales las expresiones emocionales y, en particular, la expresión facial del miedo. Pero, desgraciadamente el hombre no se comporta con el hombre como el lobo lo hace con el lobo. El despliegue de la agresividad entre lobos se desarrolla con un cierto fair play. Dos gotas de orín, soltadas por el lobo vencido que está tumbado a los pies del vencedor mostrándole la yugular, bastan para salvarle la vida. Por el contrario, el despliegue de la agresividad entre seres humanos se descontrola a menudo. De ahí que la agresividad humana se traduzca, frecuentemente, en ataques contra la integridad física o psíquica del otro que conllevan en muchas ocasiones su muerte.

[themecolor]§3. Sobre la violencia[/themecolor]

La violencia es precisamente eso: la agresividad fuera de control desde un punto de vista biológico, un descontrol biológico que se traduce en una agresividad hipertrofiada.

Que se trate de una conducta descontrolada biológicamente significa que los elicitadores o inhibidores biológicos de la agresividad no operan como es debido. A veces (hay quien estima que quizá en torno al 10% de los casos; otros consideran que este porcentaje gira en torno al 20%) el descontrol se debe a que tales elicitadores o inhibidores no funcionan bien por razones biológicas, genéticas o congénitas. Pero en la mayoría de los casos (en el 80 o 90% de los casos) el descontrol biológico de la agresividad es algo inducido por factores no biológicos: por factores culturales, o, como suele decirse, educativos o ambientales. Las ideas y creencias que un individuo adquiere a lo largo de su vida -las experiencias que cada individuo tiene a lo largo de su historia personal- constituyen elementos claves para hipertrofiar la agresividad como un recurso para alcanzar fines o, por el contrario, pueden minimizarla. Cuando ocurre lo primero, la agresividad ha dejado de ser tal en sentido estricto y ha pasado a ser violencia.

[themecolor]§4. El cerebro corrobora lo dicho[/themecolor]

Que las cosas son más o menos como he dicho es algo que se desprende de los conocimientos que hemos ido adquiriendo estos últimos años acerca de la anatomía y fisiología cerebral.

A la luz de estos conocimientos me atrevería a decir que la agresividad es simplemente la conducta integrada por una serie de respuestas que se producen en relación con lo que denominaré “la primera vía de procesamiento de la información”, la vía en la que un input[1] tras llegar al tálamo es enviado directamente a la amígdala, desencadenándose una serie de respuestas automáticas: unas somáticas (movimiento o ausencia de tal); otras autónomas (incremento de frecuencia cardíaca, sudoración,…); otras hormonales (incremento de cortisol –hormona del estrés- en sangre) y otras, finalmente, neurotransmisoras (estado de alerta, …). Todas estas respuestas son reacciones inconscientes que se despliegan bajo las directrices de la amígdala[2] y que involucran principalmente estructuras del tronco del encéfalo y el hipotálamo[3]. Todas estas reacciones ocurren sin que haya consciencia de la naturaleza del input que las desencadena.

via larga y via corta

Al menos, hay tres áreas que, en este contexto, conviene tener en cuenta. Una es el área dorsolateral, donde la imagen en cuestión se comparará con otras y se tomarán decisiones. Otra es el área ventromedial, en la que se adscribirán, o  no, determinados sentimientos a la imagen. Finalmente, el área orbitofrontal dará las directrices que se estimen pertinentes para actuar, o no.  De este modo, las reacciones instintivas de la agresividad han ido dejando paso a lo largo de este proceso a acciones (u omisiones) conscientes. La intencionalidad preside ahora la conducta humana. El daño que pueda producirse en otro ser (humano o no) ya no es cosa de una reacción automática ante un determinado estímulo; es el objetivo conscientemente buscado a través de una acción (u omisión) que, en último término, estará determinada por las ideas y creencias que el individuo en cuestión haya ido adquiriendo a lo largo de su existencia. Serán esas ideas y creencias las que constituirán el telón de fondo o el marco en el que se harán comparaciones y se adoptarán decisiones.

Cuando tal cosa sucede, cuando opera lo que podemos llamar “la segunda vía de procesamiento de la información” y se quiere ser estricto, no podemos pues seguir hablando de agresividad. Desde hace unas tres décadas vengo diciendo que las acciones (u omisiones) intencionales que dañan o pueden causar un daño a otro ser[4] (humano o no) se corresponden con exactitud a lo que, habitualmente, llamamos “violencia”. En este sentido, siguiendo con mi aserto de que el agresivo nace, debería añadir ahora que, en cambio, el violento se hace[5].

[themecolor]§5. Sobre el miedo[/themecolor]

Para conocer en toda su magnitud (o, al menos, en una magnitud mayor) el significado del salto entre agresividad y violencia, conviene hacer una breve digresión sobre lo que, en mi opinión, constituye un elemento clave relacionado con  la agresividad, a saber la emoción básica de miedo. La víctima de un despliegue agresivo es en circunstancias ordinarias presa del miedo: miedo a ser dañada, o miedo a ser de nuevo victimizada.  Y, en esas circunstancias, la víctima suele desplegar las diversas respuestas que se integran en la agresividad defensiva y, a veces, va más allá actuando a su vez agresivamente de forma ofensiva frente a quien la amenaza.

Pues bien, desde el punto de vista biológico, el miedo es un esquema adaptativo y, por consiguiente, un mecanismo de supervivencia, que permite al individuo responder ante situaciones adversas con rapidez y eficacia[6].

Como esquema adaptativo, no puede decirse si el miedo es bueno o es malo. Lo único que cabe decir es que el miedo es normal y ha contribuido a que hayamos sobrevivido hasta el presente. Y lo que hay que destacar es que el mecanismo neurofisiológico del miedo puede permitir que sobrevivamos, que salvemos la vida sin que seamos conscientes de por qué hemos procedido de cierta manera en circunstancias determinadas. Cuando algo o alguien nos asusta, reaccionamos inconscientemente protegiéndonos. Sólo más tarde, cuando percibimos con más o menos nitidez qué o quién nos ha asustado y lo situamos en su justo contexto (¡Es mi hermano, que es un bromista!), la reacción inconsciente deja paso a una acción consciente. Pero, si el peligro fuera realmente mortal y si sólo pudiéramos actuar conscientemente, probablemente  perderíamos la vida en múltiples circunstancias normales. El miedo y la rápida respuesta agresiva de tipo defensivo que desencadena puede, por el contrario, ser nuestro salvador. De lo que cabría extraer una conclusión llamativa: a veces, pensar no es conveniente; hay que dejarse llevar por el inconsciente.

Lo malo es que un esquema adaptativo como el miedo, una reacción instintiva ante determinados estímulos, puede ser culturalmente manipulado y cronificado, provocando cambios duraderos en la conducta, los sentimientos y el funcionamiento psicofisiológico de las personas. Es obvio, entonces, que quien manipula el miedo, generando una conducta patológica en determinados individuos, está dañándoles y, además, los está dañando a conciencia y reiteradamente. Está, pues, incurriendo en violencia pura. Incluso podríamos hablar en este caso de “acoso”, ya que por tal se entiende la violencia reiterada que induce amedrentamiento en la víctima.

El amedrentamiento o acobardamiento de la víctima puede llegar a revestir las características definitorias de los que se ha dado en llamar “indefensión aprendida”, que sería mejor denominarla “indefensión condicionada”. Ya saben que por tal se entiende la condición que se les induce a seres humanos (o animales no humanos) mediante prácticas de acoso que les llevan a asumir pasivamente su situación, al haber desarrollado la sensación subjetiva de que no es posible hacer nada para salir de la misma. En los casos de indefensión aprendida las reacciones –automáticas, pues–, tras la toma de consciencia y consiguiente reflexión, dejan paso a acciones (o mejor, dicho inacciones) presididas por las ideas de que no hay nada que hacer y que mejor es resignarse y

Indefensión aprendida en Auschwitz

Indefensión aprendida en Auschwitz

adaptarse que oponerse, pues, sólo acomodándose a la situación, cabe una cierta esperanza de sobrevivir. Eso no significa, desde luego, que, en una fase inicial, no haya quien intente acciones de oposición ante el o los victimarios; lo que sucede es que éstas no van acompañadas de éxito y eso incrementa la ansiedad y hace que se pierda la esperanza de lograr metas o alcanzar objetivos[7]. De la víctima se adueña la idea de que no es posible hacer nada, ni ahora ni nunca, lo que conlleva una resignación forzada y el abandono de todo intento de escapar a la situación por la que se atraviesa.

Este tipo de indefensión condicionada se encuentra muy extendido entre toda clase de víctimas que se sienten desamparadas e incapaces de alcanzar sus metas vitales. Por ejemplo, las mujeres que sufren violencia de género, sobre todo aquellas cuyos maltratadores son cíclicos[8], suelen pasar por una fase (que, a veces, dura el resto de sus vidas) de resignación. Incluso, como suele ser común entre las víctimas condicionadas para la indefensión, justifican su situación recurriendo a todo tipo de falacias argumentativas y creencias distorsionadas o no ajustadas a la realidad. “Algo habré hecho”, “Me quiere tanto que…”, “Son los celos, que son muy malos consejeros”, “Él es bueno, pero no aguanta bien el alcohol”, “Haga lo que haga, no lograré escapar”, etc., son las sentencias en que se apoya la víctima para exonerar de responsabilidad al agresor, resignarse y racionalizar (falazmente) la victimización de que es objeto.

El maltrato infantil y, en particular, el abuso sexual infantil tienen efectos parecidos al acabado de describir en relación con la violencia de género. A menudo, las víctimas de abuso sexual infantil desarrollan un síndrome de acomodación al maltrato que sufren. Este síndrome tiene como una de sus grades características el sentimiento de impotencia: los niños que sufren abuso sexual generan un fenómeno de indefensión condicionada, dado que sus tentativas para evitar el abuso resultan vanos, lo que les llevará a no intentarlo siquiera.

Podría seguir citando ejemplos. Creo que lo que he dicho es suficiente para extraer una conclusión: a menudo, la violencia genera en la víctima un sentimiento de impotencia o de indefensión condicionada que la lleva a adaptarse a la victimización que sufre y a tratar de justificar su conducta sobre la base de que sus intentos de salir o escapar de la situación por la que pasa pueden acarrearle peores efectos.

[themecolor]6. El miedo y el poder[/themecolor]

El miedo surge siempre en el contexto de una desigualdad de poder, de una relación asimétrica de poder.  Lo digo rotundamente: siempre es así. Lo que Business competitionsignifica que esa desigualdad de poder estará presente sin excepción en toda forma de violencia.

Hay múltiples y divergentes definiciones del poder. Antonio Castillo[9] define el poder como una relación entre dos o más actores, en la que la acción de uno es determinada por la de otro u otros individuo. Personalmente, creo que convendría más poner el énfasis en el poder como capacidad que en el poder como relación; dicho de otro modo, creo que el poder es la capacidad que una persona (física o jurídica) tiene para influir sobre la conducta de otros (con los que está relacionada) a través de acciones realizadas por ella misma o por intermediarios. Más brevemente, Dahl (1957) lo definió como: “A tiene el poder sobre B en cuanto puede lograr que B haga algo que B, en caso contrario, no haría”[10].

El poder puede ejercerse por la fuerza, o no. Poder y fuerza no son lo mismo. Al poder no le es consustancial el uso de la fuerza. El poder tiene la capacidad de usar la fuerza, pero la acción de poder más eficaz no es la que se basa en el uso reiterado de la fuerza sino en la amenaza de que los problemas serán mayores  (incluso, catastróficos)  si la víctima no se acomoda a la situación. Poder→amenazamiedoviolenciadominación, ésa es la secuencia. Y no se olvide: quien ejerce el poder de este modo está actuando de forma violenta, porque, intencionalmente, está causando un daño[11].

En el caso de la violencia, esa relación asimétrica de poder que, a través de la amenaza y del miedo, lleva al control de la víctima es la clave. Y lo bien cierto es que la superioridad en poder del agresor no necesita ser real; puede ser, meramente, imaginaria o supuesta. En concreto, el agresor no tiene por qué ser más fuerte que la víctima. Pero, la víctima lo puede percibir o creer así. A partir de ese momento le confiere al agresor un poder sobre el rumbo de su propia vida[12].

Esa asimetría de poder es la que media entre el agresor y la agredida en la violencia de género. La capacidad que el agresor de género tiene de cambiar la vida de su víctima es enorme, hasta el punto de trocarle, en ocasiones, la existencia en muerte al final de un proceso de degradación al que la víctima es muy probable que se haya adaptado. En modo alguno hay que criticarla por ello. Esa acomodación es la consecuencia psicológica nefasta del propio maltrato que sufren. Cuando el miedo se cronifica –algo común en los casos de violencia de género–, suele aparecer la indefensión condicionada (mezclada, incluso, con síntomas de un síndrome de Estocolmo hacia el agresor). En suma, la secuencia poder→amenazamiedoviolencia no prosigue, entonces, tan sólo con la sumisión de la víctima, sino con su aceptación de que su problema no tiene solución alguna y que aún podría ir a peor. Dicho de otro modo, la secuencia poder→amenazamiedoviolencia lleva, en estos casos, al síndrome de indefensión condicionada.

Y esa desigualdad de poder, con parecidos efectos comportamentales en la víctima es también la que media entre el padre que abusa sexualmente y la hija que sufre tales abusos[13]. El abusador busca controlar a la víctima, lograr su silencio e, incluso, su complicidad.  De nuevo, la indefensión condicionada suele hacer su aparición en esas circunstancias.

Podría seguir citando múltiples formas de violencia para contrastar la hipótesis que estoy defendiendo aquí. Creo que no hace falta. Sería demasiado tedioso. Voy a ceñirme sólo  a dos formas más. Una, la representada paradigmáticamente por el asesino en serie. Al menos, el psicopático (el también denominado “asesino en serie organizado”[14]) no busca tan sólo matar: intenta, ante todo, controlar a la víctima hasta su último suspiro. Un asesino en serie psicopático se siente, a través de sus deleznables actos, amo y señor de las vidas de sus víctimas. Y eso es lo que realmente persigue. El miedo que su poder de amo y señor induzca  en la víctima es  la verdadera fuente de su placer. Por eso suele alargar la fase final de un proceso altamente ritualizado a través del cual escenifica su poder a la vez que la víctima va degradándose en el curso de una sumisión creciente.

La otra forma es la que, genéricamente, denominaré “miedo institucionalizado”. Es la forma característica del poder político y adyacentes.

[themecolor]§7. El miedo institucionalizado[/themecolor]

En relación al miedo institucionalizado, conviene ahondar en algunas características de las instituciones u organizaciones que lo inducen. Por cierto, el miedo institucionalizado es  el componente básico de la forma de violencia que, con mayor virulencia, está afectando al mundo (sobre todo, al mundo occidental) en este último lustro. Me refiero, obviamente, a la violencia económica.

Max Weber

Max Weber

Empezaré diciendo que uno de los grandes problemas (quizá, el mayor problema) que, al menos en Occidente, venimos padeciendo desde inicios de la Modernidad y que se ha agudizado a  partir del siglo XIX es la creciente concentración de poder dentro de las organizaciones. Eso es algo que, por cierto, ya lo advirtió Max Weber (1922)[15].

 Esa concentración ha ido acompañada por dos fenómenos de consecuencias grandes y graves: 1) las sociedades modernas se han ido estructurando cada vez más mediante organizaciones y 2) el control de estas organizaciones (privadas o públicas) ha ido cayendo en manos de grupos crecientemente reducidos. De este modo, se han ido creando élites del poder que se han perpetuado y que, retroalimentándose, han incrementado su poder. No estoy diciendo que su manera de entrar en las organizaciones haya sido ilegítima, al menos desde un punto de vista formal. Lo que estoy aseverando es que la perpetuación en el poder de estas élites ha hipertrofiado sus prácticas con consecuencias, como mínimo, éticamente cuestionables.

No me refiero tan sólo a organizaciones políticas y, por consiguiente, públicas. Me refiero a todo tipo de organizaciones y, en particular, a las económicas, que han ido desplazando a otras organizaciones –especialmente, a las políticas –. De manera que, al menos desde los inicios de la Modernidad, hemos asistido a una creciente estructuración de las sociedades en organizaciones, a una creciente concentración de las organizaciones en manos de grupos cada vez más reducidos y a un creciente desplazamiento de la política por la economía. Hay quienes en lugar de desplazamiento hablan en este caso de dominio creciente de las organizaciones políticas por parte de organizaciones económicas que, de este modo, ponen el Estado al servicio de sus intereses.

Claro está que si estamos hablando del poder de los gobiernos y de cuantas instituciones configuran un Estado, entonces habrá que atender la legitimidad que para el ejercicio de la violencia les han atribuido determinadas corrientes de pensamiento.

Recuérdese a este respecto que Hobbes y otros pensadores han considerado que, cuando hablamos del poder común del gobierno, su violencia está justificada porque, en todo caso, sería un mal menor comparado con el apocalipsis en que los seres humanos se sumirían de no haber tal poder. En este sentido decía Hobbes:

“mientras los hombres viven sin ser controlados por un poder común que los mantenga atemorizados, están en esa condición llamada guerra, guerra de cada hombre contra cada hombre” (Leviatán, capítulo 13)

El temor, el miedo, sistemáticamente inducido en la ciudadanía por el poder común, es la clave para evitar la guerra, que –dirá Hobbes– no es solamente una serie de batallas más o menos cruentas, sino la tendencia al enfrentamiento latente en todo hombre hacia todo hombre (homo hominis lupus[16]). El miedo es la clave, una vez más como era de esperar, para la dominación (la dominación por su bien, diría Hobbes).

Dando un nuevo paso en esta línea de pensamiento, Weber considera que el Estado es depositario de la única violencia física legítima: la ejercida por el poder común  para el mantenimiento de la paz social. Pero, un Estado no puede subsistir, si la obediencia de la ciudadanía se consigue sólo a través del empleo de la fuerza física. La dominación de la ciudadanía puede alcanzarse por otros medios más sutiles, aunque, siempre, siempre, el telón de fondo estará formado por la amenaza de la catástrofe, ¡si no media el necesario sometimiento!  Como puede verse, también aquí (y quizá de manera paradigmática) hace su aparición la secuencia poder→amenazamiedoviolenciadominación→sumisión. Pero, sometimiento, ¿a qué? Weber, como es bien sabido, distingue (en Economía y Sociedad) tres tipos de dominación: la tradicional, la carismática y la racional (o legal-racional).

La dominación tradicional descansa en la creencia en el carácter sagrado de las tradiciones y de quienes mandan en su nombre. En este caso se obedece a la persona del señor instituido como tal por la tradición. Su legitimidad descansa en la santidad de ordenaciones y poderes de mando heredados de tiempos lejanos, “desde tiempo inmemorial”. Es el tipo de dominación característica de las monarquías y, en particular, de las absolutas.

La dominación carismática reposa en la creencia de que hay individuos especiales capaces de crear un orden nuevo. En este caso se obedece al caudillo, calificado como tal por razones de confianza personal en su heroicidad o ejemplaridad. Ha habido múltiples ejemplos de este tipo de dominación a lo largo de la historia. Hitler constituye un ejemplo paradigmático de este tipo de dominación.

Finalmente, la dominación racional es la que se da en los Estados modernos, en que legitimidad y legalidad tienden a confundirse, pues, de hecho, el orden procede de lo que la ley –entendida como regla universal, impersonal y abstracta– establece. Este tipo de dominación es la expresión de la racionalidad: formal, basada en procedimientos, previsible, calculable, burocrática. En su caso se obedecen las ordenaciones impersonales y objetivas legalmente estatuidas y las personas por ellas designadas.

Este último tipo de dominación, basada en el imperio de la ley, fruto en las sociedades democráticas de la acción de Parlamentos integrados por representantes electos de la ciudadanía, parece racionalmente asumible. Pero corre grandes riesgos.

Uno de ellos, ya lo he citado siguiendo a Weber y sus temores, a saber: la creciente concentración de poder de las organizaciones. El poder y el uso racional de la autoridad[17] son factores necesarios para que las organizaciones funcionen, pero su excesiva concentración puede conducir a formas de totalitarismo inimaginables. Por eso  es urgente poner cada vez un énfasis mayor en la responsabilidad social integral como imperativo ético de empresas e Crisisinstituciones económicas, alejándolas de la idea de que solamente la rentabilidad financiera y la productividad material son sus (principales) objetivos. De la asimilación de esta idea dependerá que las empresas del siglo XXI contribuyan, en vez de obstaculizar, al fortalecimiento de la democracia real como sistema de organización política prevaleciente, capaz de generar bienestar, equidad y paz social. Y lo bien cierto es que, si hay un ámbito en el que la tendencia a la concentración ha sido constante y manifiesta en las últimas décadas, ha sido el financiero  como medio de acelerar la acumulación de capital y de controlar o suprimir las amenazas de la competitividad. Se han generado así estructuras mastodónticas que dominan el mercado y cuya crisis podría ir acompañada (de hecho, ya ha sucedido) de enormes e incontrolables efectos negativos en la vida de la ciudadanía global.

El otro gran riesgo tiene mucho que ver con el anterior. En el siglo XXI se han agudizado algunas tendencias con las que se cerró el siglo anterior. Una de ellas es el creciente desplazamiento de la economía productiva por la economía financiera y especulativa, hasta el punto de incurrir peligrosamente en lo que se ha dado en llamar “el despotismo financiero”. Por tal se entiende el hecho de que el sistema financiero internacional (lo que otros denominan “los mercados”), a través del control de los Estados nacionales y, por consiguiente, a través de leyes que legitiman sus aspiraciones, ejerce un control de la ciudadanía bajo la amenaza de la catástrofe económica.  De nuevo aparece la secuencia:

 poder→amenazamiedoviolenciadominación→sumisión.

El poder es ahora el financiero. La asimetría de poder entre él y la ciudadanía (globalmente considerada) parece infinita. La amenaza es clara: ¡la miseria, de no seguir sus directrices! Hay, pues, que someterse y tratar de cumplir esas directrices, por injustas que puedan parecer. Y la injusticia puede llegar a casos tan extremos como la pérdida de derechos básicos.

Obviamente, este tipo de acciones son violentas, en el sentido más estricto del término “violencia”. Y no se trata de la violencia legítima de los Estados según Weber. Se trata de violencia contra los propios Estados y la ciudadanía de países enteros. Es violencia porque consiste en acciones (u omisiones) conscientemente decididas y, por consiguiente, cargadas de intencionalidad, cuya consecuencia objetiva es que, no sólo causan un daño económico a la ciudadanía (las víctimas), sino que hipotecan psicológicamente sus vidas bajo la amenaza del apocalipsis con el fin de someterlas y lograr su complicidad en el maltrato, porque… la situación todavía puede empeorar. Para evitar la catástrofe, en suma, hay que llevar a la práctica la automutilación de derechos, incluso, básicos como la sanidad o la educación. De lo contrario, estamos abocados a la ruina, una ruina que, como sucede en el presente, puede estar causada por el comportamiento depredador de esos mismos déspotas.

[themecolor]§8La amplificación del miedo[/themecolor]

Creo, en definitiva, que las claves de la violencia en el siglo XXI son las mismas de siempre: hay una asimetría de poder (real o imaginaria) entre el agresor y la víctima, sea el agresor una persona física o sea jurídica. Esa asimetría de poder genera una reacción emocional de miedo en la víctima que, en ocasiones, puede hacerla propicia para la victimización crónica. Es probable que la victimización crónica lleve aparejada la indefensión condicionada.

En esa secuencia juegan un papel relevante los medios de comunicación como  amplificadores del miedo. Y ésta es otra clave de la violencia en nuestro tiempo. Joanna Bourke, por cierto, denomina a tales medios los “profesionales del miedo” y no le falta razón.

El miedo es una emoción fácil de estimular y lo bien cierto es que estamos sobre-expuestos a información que produce miedo. Los medios de comunicación nos bombardean con verdaderos horrores a todas horas. Horrores y peligros, que nos rodean por doquier. Casi todo se convierte en riesgo (lo más paradójico: en época de sequía, se habla de “riesgo de lluvias”). El riesgo está en todas partes: en el vecino comunista o capitalista, en el musulmán, en el nacionalista, etc.. Se generan así falsos escenarios de inseguridad ciudadana o, al menos, escenarios de inseguridad cuestionable que constituyen el caldo de cultivo propicio para que se tomen decisiones y se realicen acciones antes inconcebibles y socialmente inaceptables, por ejemplo: el revival de la tortura o el recorte de las libertades civiles en nombre de la lucha contra el terrorismo.

No niego el importante papel que los medios de comunicación han jugado (y, por supuesto, seguirán jugando) en la conversión de formas de violencia tenidas tradicionalmente como ‘normales’ o privadas en lo que realmente son: problemas públicos de conculcación de derechos humanos. Como tantas veces he dicho, los medios de comunicación desempeñaron un papel crucial en los años 60 en la conversión del maltrato infantil en delito; en los 70, lo mismo respecto de la violencia de género; en los 80, respecto del maltrato de personas mayores. Los medios de comunicación han sido cruciales en la lucha contra la violencia escolar en estos últimos años. Sus méritos son, pues, innegables en este ámbito.

Pero… los medios de comunicación, por razones que convendría analizar, no pueden negar su actuación decidida, primero, en la conversión de lo normal en riesgo y, segundo y sobre todo, en la propagación del miedo generado en otras esferas, llegando a producir en ocasiones un verdadero miedo global. Pienso que, precisamente, ésa es una de las características del miedo, en particular, desde mediados del pasado siglo: hemos asistido a la globalización del miedo por causas distintas. Unas veces (durante la Guerra Fría, desde 1945 hasta el fin de la URSS entre 1989 –caída del muro de Berlín– y 1991) ha sido el miedo a la devastación nuclear que podría llegar a producirse como consecuencia de un enfrentamiento militar entre el bloque occidental-capitalista, liderado por EE.UU.,  y el bloque oriental-comunista, liderado por la URSS. Otras veces ha sido el miedo a la amenaza difusa de un terrorismo[18] desvertebrado verticalmente y organizado en forma de nube, paradigmáticamente representado por el terrorismo islamista de al Qaeda. Otras veces, como en el presente, es el miedo a la miseria como consecuencia de un crac económico de magnitud  imponente.

Si algo, por cierto, tienen en común estos miedos globales es que han conllevado un creciente recorte de derechos civiles sin que las víctimas, en su conjunto, reaccionasen en contra, presas del síndrome de indefensión condicionada. Se trata, en sentido estricto, de víctimas de violencia, porque sobre ellas se han ejercido acciones (o han dejado de realizarse acciones) plenamente intencionales con consecuencias dañinas. Y en el ejercicio de tal violencia los medios de comunicación han jugado un papel importante, crucial según los más. Cuánto responda al afán legítimo y al deber de informar y cuánto pueda deberse a intereses espurios, es una cuestión sobre la que no me puedo siquiera pronunciar aquí.

[themecolor]§9. La pérdida de expectativas[/themecolor]

La sumisión o, aún más, la indefensión condicionada suelen ir acompañadas de una característica terrible, que constituye una clave más para comprender la violencia en el siglo XXI. Me refiero a la pérdida de expectativas, a la desesperanza. En una entrevista, dice Joanna Bourke: “Lo peor es cuando te abandonas ante el  miedo y lo afrontas sin esperanza”[19]. Estoy totalmente de acuerdo con ella.

Me gusta el concepto de ser humano que tiene Ortega. Pienso, como él, que el ser humano es un hacerse a sí mismo que no consiste puramente en un quehacer. Su hacerse está presidido por deseos. Obviamente, se trata de deseos de ser lo que aún no se es. Y lo que desea ser le viene dado al ser humano por el modelo de vida que elige. Para realizarlo precisa recursos, tanto materiales como espirituales. Necesita medios, pero también ideas y creencias.

Sin medios será difícil que el ser humano alcance el bienestar al que, como tal ser humano, aspira en una sociedad, la nuestra de hoy en día, en que la competitividad constituye un valor en alza para alcanzar símbolos externos. Frustrado, es probable que se aboque a la marginación que, como se sabe, no es la causa, pero, junto a otros muchos factores, incrementa el riesgo de incurrir en violencia. De ahí la importancia de garantizar una igualdad de oportunidades y tantas cuantas oportunidades se requieran para evitar a todo ser humano el riesgo de exclusión social. De ahí la importancia también de replantearnos los valores sociales de nuestro tiempo.

Blow Your Mind - Exploding HeadSi se cuenta con recursos físicos y se carece, en cambio, de ideas y creencias, el resultado no es mejor. La vida en ese caso está vacía: no tiene significado. El ser humano le busca sentido al proyecto en que su vida consiste. No hace simplemente. Hace para. El objetivo al que apunta dota de sentido su existencia. Una vida sin objetivo es un proyecto de existencia fracasado.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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Estefanía, J. (2011). La economía del miedo. Madrid: Galaxia Gutenberg.

Foucault, M. (1995). Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones. Madrid: Alianza Editorial (5ª ed.)

Gardner, D. (2008). Risk: The Science and Politics of Fear. Nueva York: Random House, Inc.

Hobbes, Th. (1651).  Leviathan or The Matter, Forme and Power of a Common Wealth Ecclesiasticall and Civil [hay múltiples versiones castellanas, por ejemplo: Leviatán: o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil. México: FCE, 2008][Hay versión digitalizada del texto en inglés: http://www.gutenberg.org/ebooks/3207]

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Pain, R. y Smith, S.  J.  (2008). Fear: Critical Geopolitics and Everyday Life. UK: Ashgate Publ. co.

Raine, A. y Sanmartín Esplugues, J. (2000). Violencia y psicopatía. Barcelona: Ariel [Hay versión inglesa: Violence and Psychopathy, Kluwer Academic/Plenum Publishers, 2001. Esta versión inglesa está parcialmente digitalizada en: http://books.google.es/books?

Robin, C. (2004). Fear: the History of a Political Idea. Oxford: Oxford Univ. Press. [Hay versión castellana: Miedo: Historia de una idea política, México, FCE, 2009 [Parcialmente digitalizado en  Google Books]

Sanmartín Esplugues, J. (2000). La violencia y sus claves. Barcelona: Ariel (5ª ed. 2009)[Parcialmente digitalizado en Google Books]

[La sexta edición actualizada de este libro ha aparecido en la colección Ariel Quintaesencia, 2013]

Sanmartín Esplugues, J. (2002), La mente de los violentos. Barcelona: Ariel (3ª ed. 2011) [Parcialmente digitalizado en Google Books]

Sanmartín Esplugues, J. (2004). El laberinto de la violencia. Barcelona: Ariel.

Sanmartín Esplugues, J. (2006). “Reflexiones sobre la sociedad actual y la violencia”, en  ¿Hacia una sociedad violenta? El mundo que viene. Violencia en la ciudad. Madrid: Fundación Santander, págs. 13-26.

Sanmartín Esplugues, J. (2008). El enemigo en casa. Barcelona: Nabla.

Sanmartín Esplugues, J. (2011). Maltrato infantil en la familia en España. Madrid: Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad.

icono de pdfSanmartín Esplugues, J. (2012). “Claves para entender la violencia en el siglo XXI”, Ludus Vitalis , vol. XX,  38: 145-160.

Seligman, M. E. P. (1975). Helplessness: On Depression, Development and Death. San Francisco: W. H. Freeman.

Serrano Sarmiento, A. e Iborra Marmolejo, I. (2005). Violencia entre compañeros en la escuela. España 2005. Valencia: Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia, Serie Documentos 9.

Weber, M. (1921). Wirtschaft und Gesellschaft. Tübingen: Mohr [Hay versión castellana: Economía y sociedad. Esbozo de sociología comprensiva, México, FCE,  1964, 2ª ed.][Hay versión digitalizada del original en alemán:

http://www.zeno.org/Soziologie/M/Weber,+Max/Grundri%C3%9F+der+Soziologie/Wirtschaft+und+Gesellschaft/Erster+Teil.+Soziologische+Kategorienlehre/Kapitel+I.+Soziologische+Grundbegriffe]


[1] Me ceñiré a inputs visuales para simplificar.

[2] Aunque hable en singular, hay una amígdala por hemisferio.

[3] Véase, por ejemplo, mi contribución al libro José Sanmartín Esplugues (coord.): El laberinto de violencia, Barcelona, Ariel, 2004.

[4] Pese al empleo del “otro”, tal ser puede ser él mismo que daña o trata de dañar.

[5] Toda regla tiene excepciones y este caso no podía ser menos. A veces, es cierto, la agresividad se torna violencia por alteraciones biológicas. Pero, como ya he dicho, en los cálculos más elevados, la tasa de personas en que tal cosa ocurre no supera el 20%.

[6] Desde un punto de vista psicológico, el miedo es una emoción primaria que admite graduación. El miedo extremo  (que, con frecuencia, es colectivo y contagioso) suele denominarse “pánico”.

[7] Se podría decir que lo contrario a la indefensión aprendida es la resiliencia. Las mismas experiencias que pueden convertir a individuo en incapaz de superar los obstáculos que se le presentan, quizá lleven a otros individuos hacia un camino de superación y fortalecimiento.

[8] Entre los maltratadores de mujeres los hay, al menos, de tres tipos: psicopáticos, agresivo-pasivos y cíclicos (véase, por ejemplo, José Sanmartín Esplugues (2008): El enemigo en casa, Barcelona, Nabla). En el maltrato perpetrado por un agresor cíclico alternan fases de violencia con fases de reconciliación (incluso, de luna de miel). Esta alternancia suele generar en las víctimas un síndrome muy similar al de Estocolmo.

[10]“A has power over B to the extent that he can get B to do something that B would not otherwise do” dice Robert A. Dahl en su artículo de 1957 “The Concept of Power”,  Behavioral Science, vol 2, nº 2 [véase su version digitalizada en :

http://65.99.230.10:81/collect/politics/index/assoc/HASHa8ee.dir/doc.pdf]

[11] Según Foucault, no es que el poder, en su ejercicio, haga uso de la violencia; es que la violencia es el origen mismo del poder. Véase, por ejemplo, Michel Foucault (1995): Un diálogo sobre el poder, Madrid, Alianza Editorial (5ª ed.). Que sea antes: el poder o la violencia, creo que no es relevante para mi posición.

[12] En el espléndido informe sobre violencia escolar coordinado por Ángela Serrano e Isabel Iborra para el Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia (Violencia entre compañeros en la escuela, España 2005, Valencia, Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia, Serie Documentos, nº. 9), el 14,5% de los escolares entrevistados declara ser víctima de agresiones en el centro escolar. A su vez, un 17,2% de las víctimas de violencia escolar sufre, en el sentido estricto del término, acoso escolar (comportamiento repetitivo de hostigamiento e intimidación cuyas consecuencias suelen ser el aislamiento y la exclusión social de la víctima). Pues bien, el 67,2% de las víctimas de violencia escolar en general declaran que las agresiones tienen algún efecto negativo sobre sus vidas (nerviosismo, tristeza, soledad, reducción del rendimiento escolar, alteraciones del sueño, etc.). Esa cifra sube hasta el  95%  cuando se trata de escolares que sufren acoso.

[13] Se habla de chicas, porque ésa es la realidad, como pone de manifiesto el Informe del Centro Reina Sofía que lleva por título Maltrato infantil en la familia en España, Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad, 2011. Entre los 0 y los 7 años, el 10,53 de las chicas víctimas  de maltrato infantil sufre abuso sexual, frente al  2,33% de los chicos. En el tramo de edad entre los 8 y los 17 años, la situación no varía.

[14] Véase, por ejemplo, Adrian Raine y José Sanmartín (2000). Violencia y psicopatía. Barcelona: Ariel.

[15] Max Weber (1922): Wirtschaft und Gesellschaft, Tübingen, J. C. B. Mohr (Hay version castellana: Economía y Sociedad, FCE, 1964 (2ª ed.) ]

[16] Esta locución proviene realmente de Plauto (en su obra Asinaria, donde dice “Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit.”(Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro) y no de Hobbes, que sería su popularizador.

[17] La autoridad (del latín “auctoritas”) es la facultad, derecho o poder de mandar o gobernar sobre algo que está subordinado.

[18] A pesar de que sólo diecisiete personas perdieran la vida a causa de actos terroristas en Estados Unidos entre 1980 y 1985, el periódico New York Times publicó un promedio de cuatro artículos sobre el terrorismo en cada edición. Entre 1989 y 1992, sólo treinta y cuatro estadounidenses murieron como consecuencia de actos terroristas en el mundo, pero más de 1300 libros fueron catalogados bajo el rubro de “Terroristas” o “Terrorismo” en las bibliotecas estadounidenses.

[19] Véase entrevista con Joanna Bourke, El País Archivo:

[http://elpais.com/diario/2006/11/22/cultura/1164150006_850215.html]

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Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la UCV "San Vicente Mártir". Autor, entre otras obras, de "Los Nuevos Redentores" (Anthropos, 1987), "Tecnología y futuro humano" (Anthropos, 1990) y "La violencia y sus claves" (Ariel Quintaesencia, 2013).

jsanmartin

Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la UCV "San Vicente Mártir". Autor, entre otras obras, de "Los Nuevos Redentores" (Anthropos, 1987), "Tecnología y futuro humano" (Anthropos, 1990) y "La violencia y sus claves" (Ariel Quintaesencia, 2013).

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