José Ignacio Galparsoro. ¿Qué es filosofía hoy? Parte 2

Preguntando por la filosofía estáis revelando una actitud filosófica, porque quien pregunta admite que no sabe. Y quien no sabe quiere salir de la ignorancia. La actitud que mostráis es la misma que Aristóteles, en el libro A de la Metafísica, consideraba que era la propia de la filosofía.

No es banal el hecho de que la pregunta que planteáis no esté dirigida a una sola persona, sino a varias. Si hubierais sospechado que la respuesta a la pregunta es unívoca, habríais pedido un texto a quien pensarais que os podría haber proporcionado tal respuesta. Pero no lo habéis hecho así. El hecho de plantear la pregunta a varias personas lleva implícito el convencimiento de que respuestas diferentes dadas desde perspectivas diferentes resultarán más enriquecedoras o esclarecedoras. Se admite, sin escándalos, el que pueda haber más de una respuesta para la misma pregunta. Lo que resultaría escandaloso sería considerar que esta pregunta tiene una sola respuesta posible.

La pregunta es la inevitable primera etapa de la filosofía. Sin preguntas, es decir, sin admitir que no se sabe, no se puede aspirar a saber. La filosofía es una cadena interminable de preguntas y respuestas. Una pregunta surge cuando algo despierta nuestra curiosidad; acto seguido, intentamos responder a esta primera pregunta. Pero, al examinar la respuesta, nos asaltan nuevas curiosidades, nuevas dudas, nuevas perplejidades, a las que damos forma de nuevas preguntas que, a su vez, recibirán respuestas que conducirán al planteamiento de nuevas preguntas… Y así sucesivamente.

Una pregunta tiene una formulación precisa. En función de la pregunta que se haga, se obtendrá una respuesta diferente. Ante un mismo problema se pueden plantear multitud de preguntas. La pregunta será un reflejo de la perspectiva a partir de la cual el filósofo aborda el problema. Se puede preguntar por el ¿qué?, por el ¿para qué?, por el ¿por qué?, por el ¿cómo?, etc. Y estas preguntas condicionan la investigación que se realiza y, por tanto, la respuesta.

En vuestro caso, lanzáis la pregunta por el ¿qué? de la filosofía, por su esencia. Si os hubierais limitado a formular la pregunta de esta manera, la respuesta habría sido diferente a la que os estoy proporcionando. Pero la pregunta esencialista está en seguida matizada por la presencia de un adverbio temporal: “hoy”. Lo que os interesa es saber qué es la filosofía hoy: en este mismo momento en que formulais la pregunta, en el momento en que os toca vivir. Al introducir una categoría de orden temporal, incluyendo el adverbio de tiempo “hoy” en la pregunta por la esencia de la filosofía, situáis el problema en una dimensión histórica. Al introducir este “hoy” sospecháis que la filosofía de hoy no es igual a lo que era en otros períodos históricos, que tiene algunas particularidades que la distinguen de la filosofía tal y como era practicada en otros tiempos.

En efecto, la filosofía no es inmune al cambio, en la medida en que es un avatar más de la historia. Durante largo tiempo el filósofo fue considerado como el personaje que abarcaba todos los campos del saber. No había separación de disciplinas o, mejor dicho, en las diferentes disciplinas era reconocida la competencia del filósofo. El paso del tiempo es testigo del estallido del saber en una multitud de disciplinas, cada una de ellas con sus respectivos expertos. Y, en este panorama, la filosofía no parece jugar hoy un papel protagonista. En ocasiones parece limitarse a reconocer que los objetos de estudio de estas diferentes disciplinas fueron un día suyos. Así, la filosofía puede ser considerada como la historia de una paulatina pérdida de competencias en el ámbito del saber. Da la impresión de que la filosofía se ocupa de aquello de lo que nadie quiere (o puede) ocuparse, por no encontrar acomodo en ninguna de esas disciplinas. Ante esto, caben dos actitudes. Por una parte, cabe adoptar una actitud defensiva, intentando conservar como si de un tesoro se tratase esas escasas competencias que aún hoy se le reconocen. Se entraría así en una ortodoxia asfixiante para la propia filosofía. Por otra parte, cabe adoptar una actitud más abierta, no contentándose con permanecer en este estrecho territorio al calor de la familiaridad gremial, reconociendo que a la filosofía le interesan otros problemas situados fuera del ámbito reconocido de su jurisdicción. Mi convicción es que esta segunda actitud es mucho más interesante que la primera.

Si el motor de la filosofía es la curiosidad que despierta el mundo, resultaría frustrante para ella limitar su actividad a un campo cerrado de problemas. Quien plantea la pregunta por el qué de la filosofía hoy, tal vez tuviera la curiosidad de conocer cuáles son sus contenidos. Pero si a la filosofía le interesa, en principio, todo lo que ocurre en el mundo, hacer un listado de los problemas filosóficos equivaldría a trazar un mapa del mundo a escala natural, lo cual sería una tarea enciclopédica tan ardua como inútil. Si lo que mueve al filósofo es la curiosidad que en él despierta todo lo que ocurre, ello es indicio de que le interesan todos los problemas. Y es que, en efecto, todos los problemas son susceptibles de un tratamiento filosófico —es decir, y en un sentido amplio— de ser pensados. Objetaréis quizás que esta respuesta no es demasiado precisa. Y tenéis razón.

José Ignacio Galparsoro
(Departamento de Filosofía, UPV/EHU)

Continua leyendo ¿Qué es filosofía hoy? Parte 3

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